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lunes, agosto 03, 2009

Reloj despertador (para una antología de lecturas de verano)

Al otro día espera la resaca. Y la resaca conlleva, según es sabido, sus propios desordenes ambientales y una hipersensibilidad impotente ante los mismos. La casa está revuelta y el despertador cumple las mismas órdenes que ayer. Nuestro hombre acaba por levantarse y la ducha es un leve intermedio en su arrepentimiento.
El frigorífico no consuela y no hay café. O no hay tazas ni vasos limpios. Se ha vestido, pero no encuentra el reloj. Sale sin él y esta vez no vuelve a casa. Los dos primeros bares están cerrados. La calle está desierta.. La siguiente noche desactivará el despertador, se promete. El camarero sirve un café. No hay periódico. Podía no haber café y sería peor.
Observa el desorden del bar. Nada está en su sitio y él debe marcharse. Hay botellas rotas en la acera. Nada está en sitio. Coge una botella rota y se corta. Después se mancha la camisa. Tiene la mano bajo el grifo. Suena el teléfono.
Suena el despertador. Olvidó sus buenos propósitos. Tiene la mano vendada y hay demasiada luz para volver a dormir. La ducha y no hay café. No hay nada y además no está en su sitio. Tampoco las aspirinas. Y luego dicen que la vida no es sueño.


Tomado de Luis Agustín Martínez Mínguez, Solamente siempre y otros volatines, Las Rozas, Los libros de Kiko, 2009.

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