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sábado, octubre 14, 2006

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Recuerdo mi segundo día en París, un domingo desierto no sé si por la calle, porque esa calle era todo Paris, o simplemente por la hora, temprana, en que había dejado mi habitación dispuesto a una galopada que me otorgase todos los bulevares concentrados en un puño.
Las ciudades son de su primer día. Una impronta animal que se adhiere con el primer intercambio o con la primera mirada. Indeleble y rígida, formadora de la futura memoria. Por eso, mi segundo día en París debió de ser una consecuencia de lo que me había sucedido justo la tarde anterior. Pero de esa tarde anterior no recuerdo nada y no puedo siquiera deducirlo con una mínima precisión, retrodecirlo -por así decir- de todo lo que llevo visto desde entonces.
También es posible que las ciudades que no hemos conocido aún sean de la primera noticia que tuvimos de ellas, en algún perdido día de la vaga infancia. Viajamos para volver a ese día que se ha borrado como el agua en el agua.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Anadir: qué bello nombre para una ciudad. Mas dicen que es feísima, horrible, quizá hedionda. Calles manchadas de petróleo. Flores congeladas en los jardines.
Gracias, maestro, por su tesón, por su personal luz.

fdo dijo...

Estuve, por primera vez, la semana pasada en Lisboa. Un mar de piedra que, sí, también marea. Y enamora.

Tan bien...

Delia dijo...

¿Sólo las ciudades, maestro?

¡Pero qué retrodecires más bellos!

Anónimo dijo...

yo.. 10x for :))