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domingo, diciembre 31, 2006

Películas

En las películas aprendemos como niños ávidos de ciencia sin aprietos. Aprendemos, por ejemplo, los rudimentos de la técnica de negociación con rehenes. La literatura no parece concordar, sin embargo, en la cuestión de hasta qué grado es permisible o aconsejable la ambigüedad.
Por otro lado, las películas que recordamos tienden a presentar situaciones no demasiado confusas y que pecan más por pueriles y manieristas que por laberínticas, lo que quizá sólo delate el carácter apolíneo, contrapuesto a dionisíaco -según se sabe-, del arte séptimo.
La literatura -la literatura- celebra también el debate en que los signos utilizados adquieren, según las partes, interpretaciones arti¡culadas -como en la alegoría-y divergentes. El lector recordará no pocas y divertidas explotaciones del recurso, así en Juan Ruiz.
Sucede a veces que se pretende sacar partido de la mala inteligencia -de la que creemos mala inteligencia- ajena acerca de lo que se está discutiendo. Por desgracia, la situación lleva a cogitaciones no demasiado estimables. Por ejemplo, a que no sepamos qué queremos nosotros en la negociación y a ignorar quiénes somos nosotros. Porque la mala inteligencia es la del que puede menos.

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