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martes, diciembre 12, 2006

Santidad de Ginés

Parece que longevos dictadores que abrieron sus ejecutorias con la aplicación de una violencia extrema (Mola) se sumaron a última hora y reluctantemente a los procesos que abruptamente les facilitaron esa misma posibilidad de ser lo que fueron (vulgo golpe de estado quizá prolongado por una guerra civil).
Si destacaron entre los que un día fueron sus pares por crueldad, ¿cómo se compadece eso con su timidez, prudencia o cobardía o con su falta de entusiasmo? O, por hablar un lenguaje menos arrojado, ¿cómo se compadece la frialdad o incluso el profesionalismo de principio con esa violencia extrema que parece visceral o irracional? La respuesta primera es que la violencia extrema de Mola era método y no era cuestión de aficionados, al menos en su gestión global. Como se sabe, los paradójicamente llamados incontrolados son siempre bienvenidos.
Pero una segunda respuesta es que esa reluctancia era la mejor capacitación posible que un sujeto puede presentar para esa tarea. Su aterrizaje tardío en las conspiraciones no sería sólo prueba de cálculo frío y de saber tentarse la ropa, sino también presagio de que el sujeto adoptaría un rol, un papel, que ejecutaría con competencia y energía inigualadas. En otras palabras, personajes de este tipo (Franco, Pinochet, con algún punto más en común del genérico, como -al parecer- una academia no demasiado bien aprovechada) se moverían como los individuos más "metidos en su papel" en experimentos como el de la prisión de Stanford o el de Milgram. Incluso, serían individuos que comenzasen como actores, pero que en su actuación fueran mucho más allá de los sujetos "sinceros", sin doblez.
Esto llevaría a pensar, por extrapolación, que los líderes suelen ser de este pelaje, que asoma como pelo de dehesa cuando el registro no excluye el histrionismo, la oratoria abracadabrante y otros fuegos de artificio. Para santo, San Ginés.

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