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miércoles, enero 09, 2008

Apólogo

Subió por la escalera. O comenzó a subir por la escalera porque se arrepintió a la altura de la segunda planta y pulsó el timbre del ascensor. Ya se abría la doble puerta metálica cuando recuperó su voluntad de treinta y seis escalones más abajo y emprendió de nuevo, y de dos en dos, la subida por la escalera.
Llegó al piso donde se encontraba la consulta del dentista, dio su nombre a la recepcionista y esperó su turno. Treinta minutos más tarde recogió de manos de ésta una tarjeta con los datos de la nueva cita, se despidió y llamó al ascensor. Pulsó el botón con la letra B y con el leve respingo de costumbre la máquina se puso en marcha.
El arrepentimiento le llegó a mitad del camino. Pulsó el stop cerca del tercer piso. Por un momento temió algún incidente o contratiempo, pero tras oprimir luego el botón con el número tres, el ascensor le dejó en ese piso.
Ya había bajado un par de escalones cuando volvió sobre sus pasos y pulsó el botón de llamada (el ascensor, bastante anticuado por cierto, seguía allí) y éste le transportó obediente y leal hasta el punto más bajo de su recorrido.
Salió a la calle. El día seguía con un aire de indiferencia plena y comenzó a preguntarse sobre la peculiar simetría de sus caprichos.
(Al poco, cambió de pregunta, pero no le costó mucho darse cuenta de que seguía siendo la misma pregunta.)

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