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miércoles, febrero 07, 2007

Quodlibet

El País se determina a ilustrarnos acerca de esa ilusión del libre albedrío. Los experimentos de Libet, tan citados, y donde correlación y causa concelebran con semifusas como en una misa mayor de las neuronas.
El libre albedrío, como cuestión que es de escala, se desplaza siempre y raramente desaparece. Así, ¿cómo explicar las determinaciones a escala de laboratorio para que al sujeto cada tanto le dé por apretar un botón y con mucha mayor frecuencia que en el resto del día o si no se le hubiera dicho que lo hiciere (1)? Una vez dadas aquéllas, que se traducirían en un modelo aparentemente aleatorio de la activación y que desembocarían supuestamente en el hecho de apretar el botón y darnos cuenta de ello, el libre albedrío reaparecería en los casos en que el sujeto (tal vez movido por otras determinaciones) se negase a colaborar.
Negarse es importante, como salirse del guión, porque la interpretación de la actividad neuronal vendrá siempre dictada por el guión previo. Supongamos que el sujeto elabora una teoría novedosa y compleja. El determinismo aquí no se dibuja igual que en el experimento del botoncito. Más bien, sucede que aquél no distingue entre los patrones de actividad y los potenciales correspondientes y que distinguirían imposiblemente una colección indefinida de botones. Por lo cual el argumento de la precedencia de la actividad neuronal inconsciente, no volitiva, sirve para otra cosa. No para la apología, en el fondo tan dulce, del determinismo, ni -y no es lo mismo- para disolver la voluntad libre, valga no sé si la contradicción o la redundancia.

(1) Probablemente el primer futuro imperfecto de subjuntivo de este blog. Estaba escrito.

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