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jueves, mayo 08, 2008

Memorias de un joven católico

En un capítulo de Terror Santo (Debate, 2007), casi al final del libro, Terry Eagleton nos cuenta Mujeres enamoradas. Eagleton busca ilustrar, por decirlo pronto y mal, las metamorfosis o las mil caras del nihilismo y de la voluntad como potencia abstracta y los personajes de Lawrence, con sus hechos y sus palabras, le posibilitan llenar de materia y dar forma a sus razonamientos.
Al pronto, me da por pensar que, digamos lo que digamos y casi hagamos lo que hagamos, en estos tiempos ya no se nos puede interpretar, que podemos decir cualquier burrada y no significará sino que podemos decir cualquier burrada.
Es verdad también que el intérprete tiene que interpretar y puede además decir que no pretende descubrir el sentido de las cosas o el de la vida, pero que nosotros algo seremos y que en alguna categoría se nos podrá encuadrar.
El portero es un libro autobiográfico de Terry Eagleton de interés y no exento de chistes bien traducidos en la versión española. El sentido de la vida (Paidós, creo que también 2008) es otra traducción reciente al español. Las ideas se mueven entre los numerosos escritos de este autor con un sentido dramático no demasiado lejano al del vodevil. Por cada una de las puertas de cada capítulo, puede aparecer la idea loca de la familia o la del barrio. O no aparecer. Pero la propensión de Eagleton, el atractor más potente de su prosa y su pensamiento, es el de la tragedia.
Y no sólo me temo que nuestra tragedia es que podemos mostrar cualquier síntoma y parecer cualquier cosa y, con todo, ser cualquier otra, para desesperación y desaparición del intérprete: lo que me temo es que la tragedia es saber que, en medio de leyes férreas y determinados por fuerzas que nos superan, verdaderamente podemos todos -críticos literarios incluidos- ser cualquier cosa. No hay ninguna libertad en ello, pues ser cualquier cosa es lo mismo que no ser nada.

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