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martes, mayo 06, 2008

Ajena y propia

Si el poeta pudo advertir al lector de lo extemporáneo de sus protestas de vergüenza ajena a cuenta de las confesiones impúdicas de aquél y si podía argumentar su advertencia en que en su caso y en su día la vergüenza sentida fue propia, corresponde ahora volver sobre la vergüenza ajena y sus relaciones con la propia. En efecto, la vergüenza ajena es fenómeno no sólo de naturaleza metonímica: afirma también que el que la siente es diferente de quien la provoca, y que no hay parecido o analogía posible entre los rasgos pertinentes de uno y otro, pero al mismo tiempo niega tal distancia y más bien la afirma.
Pues lo cierto es que para sentirla, alguna cercanía en la esencia y no sólo en el espacio y en el tiempo debe darse. No nos puede producir vergüenza ajena la conducta de una bestia, ni siquiera la de un oso o un perro. En general, podemos definir instrumentalmente al extraño como quien no puede causarnos el sentimiento del que hablamos.
Pero aún más, el problema ético (véase) de la vergüenza ajena es paralelo a su ambigüedad entre la empatía de quien la siente a quien la provoca y su objetivo de marcar distancias. Se obtiene así una oscilación por la cual pasa quien la siente de hacer un bien a hacer mal a su, al fin y a la postre, semejante. Por eso, cabe la posibilidad de que bajo el rótulo de vergüenza ajena se escondan cosas muy distintas y contradictorias. O que, al menos, que a un sentimiento único y bien especificado le sigan actitudes y conductas muy diferentes, de la caridad al puritanismo.

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