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miércoles, mayo 14, 2008

La cena

Acudían muy pocos a la cena y la nave, en penumbra y capaz para cientos de reclutas, acogía en las mesas más cercana a las cocinas a no más de treinta individuos que pertenecían a alguna de las siguientes categorías:
1. Cabos o soldados con alguna obligación.
2. Reclutas sin dinero.
3. Reclutas sin viandas.
4. Reclutas sin amigos con viandas o bebidas.
5. Reclutas sin amigos.
6. Animales de costumbres.
Hay que incluir, naturalmente, a algunos recién llegados que se apuntaban pare ver de qué iba aquello y que al cabo de un día o dos pasaban a engrosar la amplísima categoría de quienes no querían formar entre paseo y retreta. No era el menú, por cierto, sino la atmósfera mortecina alrededor de los comensales lo que desanimaba a éstos últimos.
Como quiera que las categorías dos, tres, cuatro y cinco eran más bien reducidas e incluso tendían a desaparecer con el tiempo, los amos de la cena eran, en fin, los que hemos llamado animales de costumbres, pues sólo éstas les empujaban al comedor cada noche.
Yo estoy seguro de que los tales sostenían un discurso bien articulado sobre su opción vespertina, discurso que, sin duda, no olvidaría la descalificación de todos sus otros compañeros de instrucción, por frívolos y derrochadores.
Sin embargo, lo cierto es que se trataba en general de personas que no tenían mucho trato con el lenguaje hablado y que gustaban de las cenas en silencio. Lo que no eximía a los cabos, a algún alférez incluso, de realizar el impagable servicio de atender a los filosofemas mudos de los que no perdonaban una cena.

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