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jueves, julio 05, 2007

San Fermín

Gracias a la pluma de Hemingway, como es muy bien sabido, y gracias a otras contribuciones que merecerían digna recordación, estas fiestas de Pamplona son conocidas mundialmente y a ellas acuden -bota y calcetín no siempre- personas interesadas desde las que un día parecieron increíbles procedencias.
A mi con Hemingway me ha apetecido, a veces, viajar a Italia; nunca a África. A París, si me levanto un poco hijo puta con los que se creen mis amigos. A Pamplona, a donde tanto me ha apetecido ir en pasadísimos julios nunca me invitó Ernesto Hemingway, más bien al contrario.
Y me temo que en esta aclaración puede ocultarse el tonto celo del que pudiendo fungir de nativo teme que se le confunda con antropólogo guiristino. Del que, borracho como todas las cubas, anuncia en la ganga de su voz que él ha bebido porque es lo que toca, que no está borracho por supuesta -y muy supuesta- falta foránea de costumbre.
Una tontería, como no hará falta subrayar (una tontería, sí), que acaba -de no mediar algún acontecimiento violento- en una vida perdida por delicadeza, por pretender que se está donde se debe como si allá donde ponemos el pie estuviera el centro mismo del mundo. Lo que no es el caso, aunque éste sea redondo y los toros tengan cuernos.

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