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lunes, noviembre 20, 2006

Lluch

El aniversario del asesinato de Ernest Lluch da lugar a artículos de no poco interés, lo que quizá se explique por más razones que por el cariño y respeto que el personaje pudo despertar entre sus próximos y también entre muchísimas otras personas. Así el artículo de Antoni Segura en El País. Por desgracia, "interesante" es adjetivo que no implica un juicio positivo en todos los ejes: La mecánica de una estafa o el curso de una enfermedad pueden ser interesantes o muy interesantes, pero no se trata de procesos agradables, deseables o laudables. Así, un artículo puede ser interesante por ser un modelo de lo que a su lector le hubiera gustado decir y argumentar; o puede serlo por todo lo contrario.
También es interesante aquello que nos resulta incomprensible una vez que hemos retirado la plataforma desde la que se nos habla y la que nos sostiene, esto es, si damos en pensar contra toda evidencia que todo el mundo comparte una misma y bien intencionada plataforma. Es interesante porque nos muestra de qué conflictos está hecha la realidad. Y es interesante el hecho mismo de que, por la razón dicha, algo nos resulte incomprensible. Y lo es porque nos muestra lo absurdo de la empresa: por debajo de los discursos y su lógica se mueven demasiados supuestos que marcan una división irreconciliable, irreconciliable sobre todo si nos olvidamos de ellos, si los mantenemos ocultos en nombre de una bondad tan luminosa como inexistente.
Seguramente, por lo que hace al conflicto vasco, la vida y la muerte de Lluch son la historia de un fracaso, de un fracaso popperiano, cabría decir, y de un fracaso que continúa con algunos de quienes le toman como guía en la estela de la Gemma Nierga de "ustedes que pueden, dialoguen". Cualquiera diría que Lluch se equivocó con los asesinos -y así lo recuerda Segura: "Creía que no volverían a matar"-, pero para no pocos no hay refutación en este terreno, sino una sucesión reforzada de corroboraciones, y no en un terreno teórico, más o menos ajeno a lo que hemos de hacer, sino precisamente en lo que respecta a la política que se ha de enfrentar a un problema muy serio, porque el terrorismo de ETA cuestiona la integridad, y por tanto la esencia, de la sociedad política a la que se enfrenta.
Y es que Lluch era seguramente muy coherente: si el terrorismo era verdadera, realmente, causado por un conflicto originado no sólo por la inadecuación de la España y el Estado español reales a algo así como "su ser verdadero", sino por su ilegitimidad de fondo y su indeseabilidad frente a otras posibilidades, había que actuar neutralizando este factor, lo que sería positivo a muchos efectos y también para que el terrorismo etarra desapareciera.
Sin embargo, es posible que el diagnóstico histórico de Lluch fuera erróneo -tanto en lo que hace a la realidad histórica de la España moderna como a los nexos causales de esta realidad con el terrorismo- y que la política que propugnaba no fuera sino voluntarismo. Así, la sustancia de la posición de Lluch no consistía en sus reclamaciones de "generosidad" para con los presos en tiempos de la tregua anterior, sino la idea de la "verdadera lealtad constitucional" que no se aferra "a las palabras, sino [que se atreve] a escribir palabras nuevas", según nos recuerda también Segura. Pero es posible que la España de Lluch sea una ilusión, que sea una imposibilidad como unidad política.
En ese sentido, acaba por resultar ridícula -aunque adivinemos o reconozcamos la ironía de la autodenominación en la pluma de Lluch- la vindicación de la alternativa "austrohúngara". Segura se refiere a un artículo de Lluch que data en octubre de 2000 ("Por qué soy austrohúngaro") y cierra su escrito con palabras que ya no nos sorprenden: nos habla del "empeño del presidente del Gobierno por conseguir la paz y la libertad y por avanzar hacia la España "austro-hungara" con que soñó Ernest Lluch".
Seguramente, la variable vacía del diálogo es entendida de muchas maneras y de modo que coincida con lo que cada uno espera, con sus intereses. De modo que a cada uno le moleste tan poco como, después de 1918, nos ha molestado el imperio austro-húngaro.

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