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viernes, marzo 14, 2008

La calle

La calle en las mañanas tibias es un agradable intermedio si la ciudad no se ha vuelto loca. Pero como las ciudades, más allá del 20% de los humanos españoles a las que la fiera estadística les augura algún desarreglo psíquico, acaban todas locas, cada vez desprecian más la pausa de la hora indefinida entre las siete y las ocho o entre las ocho y las nueve, a favor siempre de la luz del Sol recuperada este mes.
Aun sin considerar otras variables, la calle varía tanto de uno de sus avatares a otros, de oler a los servicios de jardinería del ayuntamiento a oler a sangre, que definirla se nos hace tarea demasiada para nuestras fuerzas. Le asignamos, en consecuencia, el comodín de no decir nada de ella, esto es, de callarnos.
Lo que hemos dicho -o lo que hemos callado por no saber- corresponde más bien al metabolismo de la calle: porque su metamorfosis y su crecimiento se asientan en un trazado que no es el resultado de la tensión entre intereses particulares y públicos; más bien sobre la que se da entre la mínima lucidez de lo mejor y la estulticia de los sujetos a los que toca representar el papel sencillo de quien elige la peor de las soluciones en nombre de algún valor de apariencia sublime y tan hueco como ellos mismos. Así, que acabamos viviendo en un campo de batalla de lento despertar, pero de límites implacables.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿Sólo el 20 por ciento? Siempre tan generosas las estadísticas...