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domingo, marzo 02, 2008

Baloncesto

En la mañana del domingo de marzo y con calor -a mediodía- jugamos a baloncesto hasta que nos engordan las manos y nos huelen a polvo. En el frontón, las canastas se elevan como guardianes de algún imperio desaparecido y expoliado para burla imperecedera de éstos: "Si así son mis siervos, imaginaos cómo seré yo, el poderoso". Los contrapesos de cemento son los brazos caídos de los soldados. Ajenos a la ruina de las obras humanas, tiramos a canasta con desigual fortuna y alcanzamos una euforia que presagia un lunes dolorido.
Esto era un gancho y ahora entro por la izquierda. Contemplad y temblad, defensores, pues no podréis pararme. Al rato, el frontón queda solo, se ha levantado un aire que juega con el polvo. Se eleva hasta que al final cae, arremolinado con algunas hojas al fondo, en el rincón de la historia.

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