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sábado, noviembre 03, 2007

Delicatessen

Me desaparecía la comida del plato y no conseguía nunca comenzar a comer ni conseguía comer. Al fin -pues no adelgazaba- deduje que yo mismo, enajenado, ingería la comida antes de ser consciente de que me acababa de sentar a la mesa. Pero esta hábil deducción me ha producido una ulcera de la que no consigo responsabilizar a ninguna de las recetas picantes en las que siempre hinco un diente ajeno.
(Afortunadamente, he recordado la historia del lector que, porque ya conocía todos los libros, concluyó que los había leído en una encarnación anterior. El corolario es que, si has leído todos los libros, ha sido en una encarnación triste.)

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