Postulamos ahora que tal cosa es imposible. Que sí hay algo que nos obliga o bien que el desagrado es agrado, gusto el disgusto, o el displacer, placer. Esto es la filosofía de la sospecha. Empezamos con Marx y seguimos con Freud. Corren malos tiempos para estos personajes otrora ilustres como ellos solos en el cielo y nos conducimos todos tan racionales como los triángulos isósceles.
Lo preocupante (y en esa preocupación andaría lo humano) es que si sólo deseamos lo que necesitamos y sólo nos obligan de fuera, seremos animales, demasiado animales.

